Con este texto abro un nuevo espacio. Expresar mi voz. Que broten las palabras, simplemente por el placer de expresarlas, por el placer de ver cómo se van construyendo las frases y cada frase, algo dentro de mí se va liberando. Poner palabras a lo que siento, a lo que percibo, a lo que se mueve en mi mental, a mis reflexiones sobre el misterio de naturaleza humana.
Mi voz tiene tonalidades, sonidos, timbres, colores diferentes, dependiendo de cómo está mi alma. A veces es una voz enérgica, intensa, a veces es débil, a veces parece que no tenga voz, a veces es una voz dura o fría, a veces es llanto, a veces es cálida, a veces se rompe, a veces es un grito y también puede ser un suspiro.  Todas ellas son mi voz.

Me siento heredera del linaje femenino con respecto al derecho de expresar mi voz. Siento que mis células y mis emociones acumulan una memoria transgeneracional de supervivencia, con el mensaje inconsciente que para estar sana y salva, mejor ser discreta, mejor no exponerme a ser juzgada, mejor no expresar la rabia, mejor complacer, mejor cuidar, mejor reprimir el poder, el placer, la creatividad, la visión. Mejor callar mi voz.

Sigo el impulso de expresar mi voz como si fuera un acto de atrevimiento, de revolución interna, de romper la lealtad a esta herencia inconsciente. Al mismo tiempo, me da mucho respeto: Tengo miedo de mostrarme, de equivocarme, de aleccionar, de hacer daño, de ser arrogante, de no tener nada interesante que decir, tengo miedo de hacer el ridículo, de sentirme vulnerable, inadecuada, de que no tenga sentido exponer públicamente mi mirada sobre la vida, y sobre todo tengo miedo de una de mis voces, la que me juzga internamente bloqueando el impulso creativo.
Me libera reconocer el miedo y el juicio interno y siento que con este reconocimiento le doy vitalidad, fuerza y ​​permiso a mi voz.

A terapia, esta es una de las grandes herramientas de liberación y transformación, la persona expresa su propia voz, sin temor a sentirse juzgada, y siendo aceptada completamente incluso cuando expresa las voces que más le avergüenzan. Y cuando esto acontece, la persona suspira soltando una resistencia interna y se ablanda, integrando amorosamente todas sus voces.

Un recurso muy potente de autocuidado es escribir lo que nos pasa por la cabeza, lo que sentimos. Reconocer y vaciar es muy liberador y lo podemos incluir como rutina de limpieza mental. Vivimos mucho desde una parte mental y eso nos tiene muy desconectadas de nuestros cuerpos, de los instintos e intuiciones.

Siento que es placentero y saludable dejar salir mi voz, sea escribiendo, dibujando, cantando, moviendo el cuerpo, gritando o simplemente con un suspiro. El único límite que le pongo a mi voz es que se exprese, sin herir ni traspasar los límites de la libertad del otr@.

 

Abrir chat